sábado, 28 de agosto de 2010

Tarde de tertulia y Roiboos. Primera parte.

Cada día me sorprendo más de cómo los condicionamientos culturales pueden hacer rodar hacia un lado u otro la vida de las personas.
Ayer tomé un Roiboos en buena compañía, con bullicio de niños alrededor y con el silbar de un ventilador a mi espalda. El veterano de la reunión nos explicaba como había sido su primera infancia y se preguntaba si sus miedos y sus inseguridades podían tener su origen en esos años.
Hoy se sabe que el periodo primal, es decir el que va desde la concepción hasta el primer año de vida, determina nuestra salud, física y emocional y que todo lo que allí pase marcará nuestra vida para siempre. Hasta el punto en el que hoy podemos decir, porque así lo avala la literatura científica, que la forma en que venimos al mundo y la forma en la que somos criados, determina nuestra capacidad de amar.
La historia se sitúa en Uruguay, en los años 30 del siglo pasado. Una mujer embarazada espera su primer hijo. La vida para ella no era muy difícil, por aquel entonces a su alrededor reinaba la tranquilidad y la bonanza económica. Pero el azar quiso que durante su estado de buena esperanza llegara hasta sus oídos la noticia que hizo cambiar el curso de su embarazo y de su vida. Su marido le era infiel. La tristeza se fue apoderando de ella día a día y la depresión entró en su vida haciendo de su embarazo, de su parto y de su crianza, una verdadera tortura.
Un día de diciembre, en pleno verano uruguayo, nació un niño, en un parto difícil como no podía ser de otra manera. El pequeño presentaba deformidades craneales debido a las muchas horas que duró el parto. Eran tan evidentes esas deformidades transitorias que la forma de su cabeza determinó su alias para siempre.
El parto no hizo más que empeorar la situación de tristeza de la madre, a la que le diagnosticaron una profunda depresión. Como parte del tratamiento, la aislaron sin ver a nadie, ni siquiera a su hijo, para que se recuperara pronto de su enfermedad.
La crianza del recién nacido pasó a manos de una tía soltera que cuidaba al niño con devoción y amor incondicional. Cómo la tía Ana no podía alimentar a su sobrino, el padre se encargaba de buscar unas cuantas nodrizas que dieran de mamar a su hijo. En cada una de las tomas, el padre iba a buscar al pequeño, para llevarlo al calor del pecho de las mujeres que de forma remunerada lactaban al niño. Entre las mujeres, todas de clase social baja, se encontraba una mujer negra a la que el padre del niño encontraba fácilmente en los bailes callejeros.

La mujer era aficionada al candombe, la diversión más difundida del grupo de negros de aquel Uurguay. El padre con su hijo en brazos irrumpía el baile. Después, le pedía a la mujer que parase de bailar al ritmo de los tamboriles para que buscara un rincón donde poder lactar a su hijo. Muchos de esos días la mujer presentaba signos de haber estado ingiriendo alcohol, pero esto tampoco podía ser obstáculo para darle de mamar al niño. O eso o nada.
Cuando la madre recién parida presentaba periodos de mejoría, le dejaban estar al cuidado del pequeño. Por lo que el niño pasaba de una “madre” a otra continuamente.
Así pasó el niño su primera y más tierna infancia, con separaciones continuas de su figura materna.
70 años después, ese niño sigue preguntándose si su historia de vida inicial puede haber influido en como ha fluido su vida posterior y en su personalidad.
El gran descubrimiento de la obstetricia de la segunda mitad del siglo XX fue comprobar que los bebés necesitaban a su madre. Por eso me sorprende ver, aun hoy en algunos hospitales, separaciones innecesarias entre madres e hijos -afortunadamente no tan largas como las que acabo de relatar- con la intención de que la madre descanse y se recupere después del parto.
Dos generaciones después, el niño del relato puede ver a su nieta Anna con más de tres años, siendo alimentada al pecho de su madre, sin que la pequeña haya tenido que sufrir separaciones innecesarias durante todo este tiempo; porque afortunadamente su madre y su entorno sí conocen la importancia del baile mágico entre madre e hijo, y de la formación del vínculo y del apego maternal durante los primeros años de vida.

Nota: Aprovecho el relato para compartir con vosotros el candombe uruguayo, practicado y difundido internacionalmente y reconocido por la UNESCO como Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad.

2 comentarios:

María Agulleta dijo...

Hola María José,
gracias por compartir esta bonita historia; me gustaría relatar una que he vivido hace unos díez días: una amiga cercana y querida estuvo dos días de parto inducido, el cual acabo en cesárea a las dos de la madrugada del segundo día, ella se quedo dormida, entonces el niño se lo llevaron a pediatría y la separación duro hasta las tres de la tarde del siguiente día, todavía no entiendo por qué hicieron esto, no tiene ningún sentido; el tiempo ha pasado de la historia que tú compartes pero lo que pasa en las maternidades nos sigue sorprendiendo cada día, a veces parece que el tiempo se ha detenido en algún momento...
muchos, muchos besitos, familia Ros Rodríguez!!!

María José García-Robles dijo...

Sí, todavía sorprende más que hoy en día se sigan separando a las madres de sus recién nacidos, y que se de tan poca importancia a los efectos nocivos de esta separación en la salud física, psicológica y emocional del niño en la edad adulta.
Gracias por tu aportación.