Anoche tuve un sueño.
Soñé que al
acompañar a mis hijos hasta la puerta del colegio me encontraba niños
contentos por volver al cole, por ver a sus amigos y a sus maestros y contentos por compartir experiencias con ellos, tal y como me había pasado los años
anteriores.
Soñé que a los profesores les habían mejorado sus
condiciones laborales, que de repente habían conseguido el reconocimiento
social que merecían, que estaban excelentemente formados y motivados, también
soñé con la idea de que el maestro
no "daba" clase, sino que acompañaba a los alumnos en su particular
proceso de aprendizaje, con metodologías activas, donde se mezclaban las
actividades libres con las dirigidas y no con técnicas educativas obsoletas.
Soñé con aulas alegres, donde se respetaba la esencia natural de los niños.
Soñé con una escuela que se basaba en el acompañamiento
afectivo y que tenía clara la idea de que el aprendizaje sólo se
puede elaborar desde unos vínculos afectivos seguros y sólidos.
Soñé que para conseguir todo esto, a la escuela pública la
habían dotado de los recursos necesarios, y que mientras llegaban esos
recursos, la comunidad educativa no se lamentaba, si no que aportaba ideas y
proyectos para cambiar las cosas.
Soñé con una escuela viva, acogedora, activa, integradora,
con la suficiente autonomía que permitía diseñar un programa propio, adaptado a
su proyecto y a su contexto.
Soñé con una escuela donde no se educaba a través de la
memorización, repetición, ni mecanización de conceptos. Donde se
respetaban los procesos madurativos de los niños y se aprendía a partir de la
curiosidad, y la creatividad innata de ellos, una escuela donde se tenían en
cuenta los intereses y las necesidades de los alumnos y se favorecían sus
potencionalidades a través de la experimentación, del descubrimiento, de la manipulación
y del trabajo en equipo.
Soñé con una escuela participativa, comunitaria y democrática
donde los conflictos se intentaban convertir en aspectos positivos a través de
la reflexión. Una escuela donde los padres formaban parte importante y
donde siempre eran bienvenidos. Soñé con un espacio de intercambio y
convivencia entre niños y adultos.
Soñé con unas leyes educativas que no estaban puestas al servicio de los mercados, que no promovían la
competitividad, que
no enseñaban a obedecer si no a pensar, y que no amenaçaven greument la cultura i la llegua dels pobles. También
soñé que había desaparecido la campaña de desprestigio de la que es víctima la
escuela pública.
Soñé con una escuela donde los verdaderos
protagonistas eran los niños.
Esta mañana cuando me desperté y recordé el sueño, me di
cuenta de que quedaba mucho camino por recorrer pero que con la
información suficiente sobre las necesidades reales de los niños,
optimismo, ganas y respeto, el camino lo podíamos hacer con éxito, todos
juntos.

