Este artículo extraído de la página de Laura Gutman, viene una vez más, a hacernos reflexionar sobre la importancia del tiempo dedicado a nuestros hijos, sobretodo ahora que se acercan días de vaciones y tiempo libre.
No es fácil vincularnos y permanecer muchas horas a solas con los niños pequeños. Por eso solemos convertir los momentos de “estar juntos” en momentos de “consumo” compartido. La “compra” del producto que sea opera como mediador en la relación entre los niños y nosotros. El objeto mediador puede ser la televisión, el ordenador, los jueguitos electrónicos, salir de compras a la juguetería, al pelotero, al centro comercial o a lo sumo ir a ver un espectáculo (que pueden ser maravillosos y necesarios en sí mismos). Pero conviene reflexionar sobre cómo los adultos utilizamos los elementos de consumo social para paliar la dificultad que supone la relación con el niño, es decir la permanencia, la mirada, el juego y la disponibilidad emocional.
Cuando un niño nos pide tiempo para jugar, o mirada para que nos extasiemos por un descubrimiento en su exploración cotidiana, cuando nos solicita presencia para permanecer a su lado o que nos detengamos un instante para que pueda recoger una piedra del suelo; solemos responder ofreciendo una golosina, una promesa o un juguete porque estamos apurados. El niño poco a poco va aprendiendo a satisfacer sus necesidades de contacto a través de objetos, y muchas veces a través de alimentos con azúcar. Todos los adultos sabemos que mientras un niño come algo dulce, no molesta. Y también sabemos que en la medida en que esté hechizado por la televisión, tampoco molesta. Si aprende a jugar con el ordenador, molesta menos aún. Y si necesitamos salir a la calle en su compañía, en la medida que le compremos algo, lo que sea, estará tranquilo y nos permitirá terminar con nuestros trámites personales mientras dura la fugaz alegría por el juguete nuevo.
Los niños aprenden que es más fácil obtener un objeto o algo para comer (generalmente muy dulce o muy salado) y de ese modo desplazan sus necesidades de contacto y diálogo hacia la incorporación de sustancias que “llenan” al instante. Tienen la falsa sensación de quedar satisfechos, aunque esa satisfacción dura lo que dura un chocolate. Es decir, muy poco tiempo. Por eso los niños volverán a pedir –o a molestar a ojos de los adultos- y en el mejor de los casos volverán a recibir algo que se compra, con la debida descalificación de sus padres por ser demasiado pedigüeños o faltos de límites. Es un modelo que repiten hasta el hartazgo, porque funciona: creen que necesitan estímulo permanente, consumo permanente y rápida satisfacción.
A esta altura, los niños han olvidado qué era lo que estaban necesitando verdaderamente de sus padres. Ya no recuerdan que querían cariño, ni atención, ni mimos, ni palabras amorosas. Ya no registran que era “eso” lo que estaban necesitando.
Nosotros los padres también consumimos para calmar nuestra ansiedad y nuestra perplejidad al no saber qué hacer con un niño pequeño en casa. La cuestión es que nos vinculamos con el niño sólo en la medida en que hay algo para hacer, y si es posible, algo para comprar o comer. Y si el niño puede hacer “eso” solo, sin necesidad de nuestra presencia, mejor aún. Sólo basta mirarnos unos a otros un domingo en un centro comercial cualquiera, en cualquier ciudad globalizada.
Esta dinámica de satisfacción inmediata a falta de presencia afectiva, somete a los niños a una vorágine de actividades, corridas, horarios superpuestos y estrés, que nos deja a todos aún más solos. No nos damos la oportunidad de aprender a dialogar, nos olvidamos de los tiempos internos y pasamos por alto nuestro sutil compás biológico.
¿Qué podemos hacer? Pues bien, podemos buscar buena compañía para permanecer con los niños en casa, sin tanto ruido ni tanto estímulo. Amparadas por otros adultos, es posible permanecer más tiempo en el cuarto de los niños, simplemente observándolos. No es imprescindible jugar con ellos, si no sabemos hacerlo o si nos resulta aburrido. Pero si no logran ser creativos aprovechando nuestra presencia, basta con acercarles una propuesta, unos lápices de colores, una invitación a cocinar juntos, o a revolver las fotos del pasado. En fin, siempre hay algo sencillo para proponer, ya que “eso” que haremos será la herramienta para alimentar el vínculo. Y los niños generalmente aceptan gustosos.
Cuando estamos en la calle con los niños, podemos “desacelerar” y darnos cuenta que no pasa nada si tardamos más tiempo en realizar las compras o los trámites. Porque de ese modo cada salida puede convertirse en un paseo para los niños y en un momento pleno y feliz para nosotros. Si somos capaces de detenernos ante una vidriera que les llama la atención, si una persona los saluda y nos otorgamos el tiempo de sonreírle o bien si nos sentamos un ratito en la vereda porque sí, porque pasó una hormiga, algo habrá cambiado en la vivencia interna de los niños. Esos cinco minutos de atención significan para nuestros hijos que ellos nos importan, que el tiempo está a favor nuestro y que la vida es bella desde el lugar donde ellos la miran. Estamos diciéndoles que nada nos importa más en este mundo que mirarlos, que deleitarnos con la vitalidad y la alegría que despliegan y que los amamos con todo nuestro corazón.
Toda la dedicación y el tiempo disponible que no reciban de nosotros, los obligará a llenarse de sustitutos, y luego creerán que sin esas sustancias o esos objetos no pueden vivir. La realidad es que no podemos vivir sin amor. Todo lo demás, importa poco.
Laura Gutman
Este blog crece como crecen nuestros hijos. Lo que empezó siendo un complemento al Grupo de Apoyo a la Lactancia de Sant Feliu de Llobregat, ahora abre el abanico de contenidos para dar cabida a otros temas relacionados con el embarazo, el parto, la crianza natural, la educación... Y por supuesto, con la lactancia materna como tema principal.
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martes, 7 de diciembre de 2010
jueves, 12 de agosto de 2010
¿Qué necesitan los niños? Vídeo de Laura Gutman
La escritora y terapeuta familiar Laura Gutman , ha publicado varios libros sobre maternidad, paternidad, vínculos primarios, desamparo emocional, adicciones, violencia y metodologías para acompañar procesos de indagación personal.
En diferentes entradas de este blog, he puesto de manifiesto que Laura Gutman sigue reivindicando el poder de la maternidad y de la nutrición emocional como vía para conseguir adultos autónomos, sanos y felices.
En el vídeo que hoy os propongo, la escritora incide en la necesidad de piel del bebé y de ser alimentado con leche de madre. Además explica que la maternidad no debería ser un lugar de sometimiento y resalta la invisibilidad de la maternidad en la sociedad actual.
Finalmente nos hace reflexionar sobre por qué nos cuesta tanto cubrir la necesidad primordial de los niños, es decir el contacto corporal y emocional permanente con otro ser humano. Y nos propone resolver nuestro dolor infantil para poder poner nuestro cuerpo a disposición de nuestros hijos.
En diferentes entradas de este blog, he puesto de manifiesto que Laura Gutman sigue reivindicando el poder de la maternidad y de la nutrición emocional como vía para conseguir adultos autónomos, sanos y felices.
En el vídeo que hoy os propongo, la escritora incide en la necesidad de piel del bebé y de ser alimentado con leche de madre. Además explica que la maternidad no debería ser un lugar de sometimiento y resalta la invisibilidad de la maternidad en la sociedad actual.
Finalmente nos hace reflexionar sobre por qué nos cuesta tanto cubrir la necesidad primordial de los niños, es decir el contacto corporal y emocional permanente con otro ser humano. Y nos propone resolver nuestro dolor infantil para poder poner nuestro cuerpo a disposición de nuestros hijos.
viernes, 18 de diciembre de 2009
La Navidad interior.
Las postales de Papá Noel bajando por las chimeneas, cargado de regalos y mojado de nieve, se derriten en nuestros recuerdos y reaparecen en los vestigios de ingenuidad de nuestra infancia. Era un tiempo donde la ilusión duraba un año entero. Las noches se perpetuaban mientras escribíamos nuestras cartas con esmero, esperando que ese ser mágico vestido de rojo atienda nuestros anhelos. Y en esas cartas a veces escribíamos “que mi madre no sufra más”, “por favor, que mi padre deje la bebida” y también “quisiera un hermoso vestido”. Claro que había pedidos de regalos costosos, imposibles de ser adquiridos por personas de carne y hueso como los padres de uno. Por eso el pedido era fascinante. Si por casualidad se cumplía, era por gracia de un ser superior.
Más allá del sentido religioso que podía tener para las personas mayores, la Navidad era una fiesta para los niños, porque todo brillaba como en un cuento de hadas. Era el momento de cumplir algún sueño, se respiraba alegría y esperanzas y hasta teníamos la fantasía de que todos éramos un poco más buenos. Y la alegría era inmensa al recibir finalmente un regalo. Uno. Inolvidable.
Hoy la magia seguramente tiene más relación con Internet que con descubrir a Papá Noel depositando los regalos en el árbol de Navidad. Los hechizos duran apenas unos segundos mientras nos apabulla la publicidad en la televisión. El consumo desenfrenado nos somete a comprar y comprar y comprar muchos regalos costosos para llenar el árbol de Navidad, y quizás para sentir que no estamos tan solos. Regalos para los niños, para los grandes, para los ancianos, para los vecinos, para los sobrinos y los nietos y las nueras y los yernos y los hermanos. Todos compramos muchos regalos y usamos nuestras tarjetas de crédito hasta el límite, para cumplir un ritual de hartazgo de juguetes y ropas y zapatos y electrónica y ordenadores y vacaciones y objetos de todo tipo.
Los niños entonces entienden que de eso se trata la Navidad. Pretendemos recordarles que festejamos el nacimiento del Niño Jesus pero esa idea la podemos sostener apenas unos instantes. Luego, queremos saber quién regaló qué cosas, quien se olvidó, quien cumplió con todos, cuántos regalos recibieron nuestros hijos y si nuestra familia ha sido justa en la repartición de los obsequios. También comemos con exageración. Y brindamos y bebemos más que de costumbre. Y a la cama.
Posiblemente cuando nuestros hijos sean mayores, no recuerden nada especial en relación a las Noches de Navidad. Porque se convirtieron en cenas algo más fastuosas, a las cuales arribamos agotados tras recorrer centros comerciales, endeudados y hartos de todo. Es posible que algo de toda esta vorágine nos deje una sensación de sin sentido cuando se supone que debería ser una época relativamente feliz.
Quizás podamos hacer pequeños movimientos que nos satisfagan más y sobre todo que llenen de sentido esa noche tan especial, a través del acercamiento y del contacto emocional con las personas que amamos. Tal vez podamos volver a cierta intimidad, reunirnos con pocas personas muy allegadas y regalar a cada uno un escrito colmado de agradecimientos por cada una de las actitudes que han tenido con nosotros. Si nos atrevemos podemos ofrecer una poesía cariñosa. Incluso preparar la comida preferida para algunos. O el pastel que más disfrutan otros. Y para los niños, claro que habrá algo fuera de lo común, algo soñado, esperado, imaginado y en lo posible no muy caro. Los niños tienen derecho a recibir una carta llena de afecto de su madre o su padre. Unas palabras que nombren lo orgullosos que sus padres están de él. Y una hermosa carta escrita por Papá Noel felicitándolos por sus virtudes, firmada con letra dorada. Puede haber una canasta con nueces, golosinas y chocolates. Un álbum de fotos o una carpeta con dibujos que los niños han hecho siendo niños y que Papá Noel encontró entre sus tesoros. Alguien puede regalar un breve concierto de piano o una pieza tocada en flauta dulce. Otros pueden ofrecer cantar una canción o enseñarla a grandes y pequeños y luego cantarla en canon todos juntos. Podemos sacar los álbumes de familia y mirar fotos viejas durante horas, recordando qué jóvenes éramos todos y los niños descubriendo a sus abuelos con cabello, a sus padres siendo ridículamente niños y a novios y novias que quedaron en el olvido. Hay familias donde quizás se atrevan a danzar una danza circular alrededor de la mesa. En otros ámbitos será divertido ofrecer a los comensales dos minutos de tiempo para pedir un deseo en voz alta, de modo que todos estemos comprometidos y se haga realidad. Podemos jugar a que sean los niños quienes sirven los platos y quienes nos dicen por una vez que tenemos que sentarnos bien a la mesa y comer en silencio. Y desde ya, podemos hacer silencio. Pensar. Meditar. Rezar. Ponernos las manos en el corazón. Darnos cuenta que estamos juntos.
La Navidad que cada uno de nosotros vive puede volver a ser mágica. Todos nosotros estamos en condiciones de ofrecer a los niños pequeños una noche especial, fuera de lo común, llena de sorpresas y de encanto. Es una sola noche al año. Todas las demás noches estamos cansados, hartos de nuestra rutina, enfadados con los niños y enfadados con los mayores. Y ese hastío, no hay juguete que lo transforme.
Se trata de recordar lo más suave de nuestras navidades infantiles y convertirlas en una realidad en tiempos actuales, con más dinero, más objetos y más confort, pero agregando mayores recursos interiores.
Laura Gutman
Vía: Alma de Doula
jueves, 22 de octubre de 2009
Nutrición Emocional
Si hemos atravesado nuestra infancia poco amparados o poco protegidos, haciendo grandes esfuerzos para sobre adaptarnos, es posible que en la actualidad entremos en competencia con los niños desde el hambre emocional. Grandes y pequeños nos pelearemos por un trozo de mirada, quejándonos de que nuestros hijos “están terribles”, son muy “demandantes”, estamos hartos de que “se enfermen”, o que “no respeten a los mayores”. Nos parece inaceptable que abandonen la escuela o que se droguen o que no coman o que se escapen o que tengan sexo sin protegerse.Cuando un niño no es suficientemente nutrido emocionalmente durante la infancia, va a seguir necesitando eso que pidió, aunque modificará el modo en que formulará el pedido. La edad no calma la sed. La edad sólo disfraza las necesidades primarias en otras más presentables en sociedad. El niño necesitado se convertirá en un joven desesperado, ávido, feroz. Por eso, no importa con cuánta comida se atosigue, cuánta droga lo calme, cuánta agresión drene o cuántas pastillas lo duerman…no va a obtener cuidados maternos. Esto es consecuencia de una gran equivocación. Porque toda droga va a requerir más dosis. Toda relación dependiente lo va a llevar a relaciones aún más destructivas. Toda dieta lo va a arrojar a un circuito de restricciones. Todo acceso al alcohol lo va a dejar más prisionero de sus borracheras. Y toda distancia emocional lo va a colocar cada vez más lejos en su propio desierto.
Es verdad que tenemos la intención de amar y educar a nuestros hijos. Resulta que el amor puede estar presente como idea personal y colectiva. Pero amar concretamente a los hijos todos los días y todas las noches requiere comprender de dónde venimos…para entender las contradicciones profundas que sentimos cuando nuestros hijos pequeños nos demandan atención, presencia, conexión y amparo. Si nos sentimos desbordados o exigidos, es urgente emprender un camino de conocimiento personal, haciéndonos cargo de las improntas básicas que tenemos grabadas bajo la falta de cuidado o de palabras. Esas necesidades infantiles no nos fueron satisfechas en el pasado. Ahora nos corresponde reconocer qué es lo que nos ha acontecido, para decidir qué haremos hoy, es decir, cómo alimentaremos a nuestro niño herido y hambriento, para no trasladar esa hambre sobre nuestros hijos.
Laura Gutman
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