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viernes, 15 de octubre de 2010

La historia de Louise y su nieta Micheline

A través de mi gran amiga Lola de Vía Láctea, me llega esta historia, llena de esperanza y de amor que viene a corroborar que la lactancia casi siempre es posible, incluso a través de la relactación.

Dicen los libros de Medicina…

05 Octubre 2010
Por Óscar Sánchez-Rey (República Centroafricana, MSF)
La historia de Louise y de su pequeña nieta, Micheline, no es una historia ni más excepcional ni más difícil que el resto de historias de los muchos pacientes que a diario vemos en los centros donde trabajamos. Pero es la historia personal, y por tanto única, de dos personas. Una pequeña paciente de apenas tres meses de vida, que nunca tendrá recuerdos de estos días, y de su abuela, que seguro que no olvidará su paso por nuestro centro nutricional de Boda.

Micheline es una paciente con una situación un tanto atípica entre los pacientes desnutridos. De hecho, técnicamente, ella no está desnutrida. Forma parte de los pacientes menores de seis meses que debe recibir un tratamiento especial e intensivo. A Micheline hay que buscarle una forma de alimentación adecuada para su edad y sostenible para al menos los próximos seis meses. La leche materna no está disponible, y los médicos de nuestro centro están usando una técnica para devolver la leche a su abuela, que hace más de 30 años que no amamanta.
Dicen los libros de Medicina que mediante la estimulación del seno se produce la hormona responsable de regular el flujo lácteo, y que es posible que una mujer que alguna vez haya dado el pecho lo vuelva a dar sin necesidad de estar embarazada. En Boda es la primera vez que veo el caso real en el terreno. Aproveché para hablar con Louise y que me contara la historia de cómo llegó a nuestro CNI, el centro nutricional intensivo.
La mamá biológica de Micheline está enferma y no puede hacerse cargo de la niña. El padre despareció. Abuela, madre y ahora nieta viven juntas en la misma casa. Son agricultoras y subsisten con lo poco que les da la cosecha. Ellas son de Bossui, un pueblo al que vamos una vez cada dos semanas con nuestro centro nutricional ambulatorio.
Louise sabía que la única posibilidad de ayudar a su nieta era caminar los 30 kilómetros de distancia entre Bossui y Boda para llegar al hospital. Tardo toda una jornada en recorrerlos. No fue fácil porque, en plena época de lluvias, los aguaceros no dan tregua.
Louise me contó que la técnica de succión consiste en administrarle leche a la niña por una pequeña sonda pegada a su seno. Con la succión que realiza para beber la leche artificial, la niña estimula el pecho y, al cabo de varias semanas, la leche comienza a subir. Me dijo Louise que la última vez que dio de mamar fue en 1972, cuando nació su única hija. Y que, aunque la cosa parecía un poco rara, ella creyó en todo momento a los doctores. “Si ellos decían que podría volver a dar el pecho, sería verdad”. Está bien en el centro y no tiene prisa por irse, la prioridad es la pequeña. “Me iré cuando me den el alta los médicos, no antes”, me dijo con gran confianza en sí misma.
Hablé con Louise hace algunas semanas. Pensé que tal vez estaba bien dejar pasar un tiempo para ver cómo había ido todo. Mes y medio después, la niña está fuerte y sana. Los médicos han comenzado a retirar progresivamente la leche artificial, porque Louise ya tiene buena capacidad para dar de mamar a su nieta. Hemos encontrado una manera sostenible, segura y barata de alimentar a la bebé durante al menos su primer año de vida.
Seguro que, a lo largo de su vida, Micheline tendrá que enfrentarse a muchas más dificultades, pero la primera batalla ya está ganada.
Desde Boda,
Óscar
Foto: Louise y Micheline en el centro nutricional (© Óscar Sánchez-Rey)

Fuente: 20 minutos.es

sábado, 28 de agosto de 2010

Tarde de tertulia y Roiboos. Primera parte.

Cada día me sorprendo más de cómo los condicionamientos culturales pueden hacer rodar hacia un lado u otro la vida de las personas.
Ayer tomé un Roiboos en buena compañía, con bullicio de niños alrededor y con el silbar de un ventilador a mi espalda. El veterano de la reunión nos explicaba como había sido su primera infancia y se preguntaba si sus miedos y sus inseguridades podían tener su origen en esos años.
Hoy se sabe que el periodo primal, es decir el que va desde la concepción hasta el primer año de vida, determina nuestra salud, física y emocional y que todo lo que allí pase marcará nuestra vida para siempre. Hasta el punto en el que hoy podemos decir, porque así lo avala la literatura científica, que la forma en que venimos al mundo y la forma en la que somos criados, determina nuestra capacidad de amar.
La historia se sitúa en Uruguay, en los años 30 del siglo pasado. Una mujer embarazada espera su primer hijo. La vida para ella no era muy difícil, por aquel entonces a su alrededor reinaba la tranquilidad y la bonanza económica. Pero el azar quiso que durante su estado de buena esperanza llegara hasta sus oídos la noticia que hizo cambiar el curso de su embarazo y de su vida. Su marido le era infiel. La tristeza se fue apoderando de ella día a día y la depresión entró en su vida haciendo de su embarazo, de su parto y de su crianza, una verdadera tortura.
Un día de diciembre, en pleno verano uruguayo, nació un niño, en un parto difícil como no podía ser de otra manera. El pequeño presentaba deformidades craneales debido a las muchas horas que duró el parto. Eran tan evidentes esas deformidades transitorias que la forma de su cabeza determinó su alias para siempre.
El parto no hizo más que empeorar la situación de tristeza de la madre, a la que le diagnosticaron una profunda depresión. Como parte del tratamiento, la aislaron sin ver a nadie, ni siquiera a su hijo, para que se recuperara pronto de su enfermedad.
La crianza del recién nacido pasó a manos de una tía soltera que cuidaba al niño con devoción y amor incondicional. Cómo la tía Ana no podía alimentar a su sobrino, el padre se encargaba de buscar unas cuantas nodrizas que dieran de mamar a su hijo. En cada una de las tomas, el padre iba a buscar al pequeño, para llevarlo al calor del pecho de las mujeres que de forma remunerada lactaban al niño. Entre las mujeres, todas de clase social baja, se encontraba una mujer negra a la que el padre del niño encontraba fácilmente en los bailes callejeros.

La mujer era aficionada al candombe, la diversión más difundida del grupo de negros de aquel Uurguay. El padre con su hijo en brazos irrumpía el baile. Después, le pedía a la mujer que parase de bailar al ritmo de los tamboriles para que buscara un rincón donde poder lactar a su hijo. Muchos de esos días la mujer presentaba signos de haber estado ingiriendo alcohol, pero esto tampoco podía ser obstáculo para darle de mamar al niño. O eso o nada.
Cuando la madre recién parida presentaba periodos de mejoría, le dejaban estar al cuidado del pequeño. Por lo que el niño pasaba de una “madre” a otra continuamente.
Así pasó el niño su primera y más tierna infancia, con separaciones continuas de su figura materna.
70 años después, ese niño sigue preguntándose si su historia de vida inicial puede haber influido en como ha fluido su vida posterior y en su personalidad.
El gran descubrimiento de la obstetricia de la segunda mitad del siglo XX fue comprobar que los bebés necesitaban a su madre. Por eso me sorprende ver, aun hoy en algunos hospitales, separaciones innecesarias entre madres e hijos -afortunadamente no tan largas como las que acabo de relatar- con la intención de que la madre descanse y se recupere después del parto.
Dos generaciones después, el niño del relato puede ver a su nieta Anna con más de tres años, siendo alimentada al pecho de su madre, sin que la pequeña haya tenido que sufrir separaciones innecesarias durante todo este tiempo; porque afortunadamente su madre y su entorno sí conocen la importancia del baile mágico entre madre e hijo, y de la formación del vínculo y del apego maternal durante los primeros años de vida.

Nota: Aprovecho el relato para compartir con vosotros el candombe uruguayo, practicado y difundido internacionalmente y reconocido por la UNESCO como Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad.

martes, 20 de abril de 2010

La historia de Elena y Gael, la historia de una relactación.

Hace mucho tiempo, una mujer se puso en contacto conmigo para que la ayudara a difundir su historia. Hoy esta historia la rescato de SINA: Asociacion de apoyo a la lactancia materna y crianza consciente de Valencia, para ayudar a que se cumpla el deseo de Elena, y su historia sirva a otras mujeres que puedan estar pasando por la misma situación.

Elena ingresó en la Fe embarazada de 31 semanas, muy enferma. Tuvieron que hacerle una cesárea de urgencia. Gael pasó a la sección de prematuros de la Fe y ella entró en coma. Recibió un medicamento para “cortar la leche”. El primer contacto entre los dos tardó más de 2 semanas. Cualquiera lo hubiera dado todo por perdido.
Pero, dos meses después, Gael se alimentaba sólo del pecho de su feliz madre. ¿Increíble? Una prueba más de lo único que hace falta para dar el pecho: información, apoyo y voluntad. A veces, mucha voluntad, ¿verdad Elena?
Ella misma nos cuenta su historia…

La intención de este relato es ayudar con experiencia a otras madres que tengan miedo, que no encuentren fuerzas. Muchos me han recomendado olvidar, pero las cosas de la VIDA, de la MUERTE, no se pueden y no se deben olvidar, ya que en ellas están encerrados muchos secretos que se nos quieren desvelar.

Para GAEL, UNA HISTORIA DE LA VIDA
Te miras en mis pupilas,
ríes,
te ríes con mi sonrisa.
Ya no sé mucho más sobre la VIDA …
Lloras mis lágrimas y gritas mis heridas.
respiras,
respiras y siento tu aliento dulce en mi mejilla.
Ya no sé mucho más sobre la VIDA …
Danzas cuando mis manos te adivinan
brillas,
brillas y mi cuerpo se ilumina.
Ya no sé mucho más sobre la VIDA …
Bebes de mi leche, de mi luz, de mi alegría,
bebes,
oigo la música de tu sangre que me da la VIDA
Me has elegido para cuidarte,
para enseñarme,
nuestras luces se han quedado,
se han buscado,
para fundirse, para mezclarse.
Ya no sé mucho más sobre la VIDA …
Te has ganado tu alma, tu vida …
…y las mías
llegaste con una fuerza grande,
olvidaste el MIEDO para LIBERARTE
Si supiera algo más…

Me sentía feliz en mi segundo embarazo, esperando con alegría a que llegara el nacimiento, imaginando un parto no menos fácil que el primero, no menos perfecto. Pero mi camino no iba hacia ese fin y a las 31 semanas de embarazo empecé a encontrarme mal, solo en cuestión de horas estaba ingresada en el Hospital La Fe de Valencia. Cuando vi alejarse en el coche a mi hija de dos años sentí que quizá no volvería a verla más. Tenía miedo.

LA NADA EN REANIMACIÓN
Recuerdo poco más hasta que me desperté, después de varios días, sola, sin hambre, sin frío, sin sed, sin ropa, sin NADA. Me rodeaban equipos y monitores llenos de luces, 7 u 8 goteros, una mascarilla… Miré mi barriga y no lograba recordar si había estado embarazada o no. Mi cuerpo no parecía el mío, no sentía ningún dolor, no podía moverme. Me creí muerta, ¿qué otra cosa podía ser si no comía, si no bebía, si no me movía, si no sentía? Esperé a fundirme con el universo, no tenía miedo, pero pasaban las horas y no ocurría NADA, seguía sola, sin saber NADA. Fueron los días más largos de mi vida, más aterradores, más confusos, los momentos de lucidez se mezclaban con los de auténtica locura, no sentía NADA, y nunca, nunca sucedía NADA. Mi único quehacer era mirar una foto de mi hija Carla y otra de un bebe que decían que era mío. Mi única ilusión, que se volviera a abrir la ventana por la que veía a mis padres, que volviera a entrar mi marido a cogerme la mano. Con gran determinación, de cuando en cuando, me quitaba la mascarilla, el saturador e intentaba marcharme para cuidar a mi hija, pero no podía moverme… Mis “carceleros” me volvían a “encadenar” y me explicaban con una paciencia, que hoy comprendo infinita, la fragilidad de mi salud. No entendía NADA.

LA LACTANCIA TAN SOÑADA
Un día, no sé si nublado, no sé a que hora, me dieron unas pastillas para inhibir la producción de leche. Primero me negué a tomarlas, si era verdad que tenía un bebé ¿cómo podría cuidarlo sin leche? Tras explicarme la gravedad de mi estado me las tomé y me vendaron el pecho, las lágrimas más espesas que había tenido en mi vida mojaron mi cara y mi cuello hasta la almohada, era verdad, ¡había tenido un hijo! Entonces…, me quitaban el regalo más precioso que podía darle, pero ¡lo recuperaría! No me cabía ninguna duda.
Un día me trajeron un bebé perfecto y tremendamente chiquitín envuelto en una toalla, Gael. Lo cogí. No sentí que fuese mío, no podía ser de otra forma, ni mi cuerpo ni mi mente parecían tampoco ser míos. Cuando se alejó en brazos de una enfermera una fuerza arrebatadora nació de pronto de mi interior y me llenó de una sola idea: recuperar mi mente, recuperar mi cuerpo, sólo eso me permitiría salir de allí y hacerme cargo de ese débil y fuerte bebé que me necesitaba. Me perturbaba la idea de no sentir ese apego tan intenso que se supone sentimos todas las madres hacía nuestros bebés, ¡eso también lo recuperaría! Busqué en mis recuerdos lo que sentí en mi primer parto, al abrazar y amamantar a mi primera hija y con ellos construí mi vínculo, que aún no podía sentir, con Gael. SOÑANDO, imaginando el amor perfecto hacía mi hijo pude saber que tenía que hacer exactamente.
Empecé a mejorar, mis riñones se recuperaban milagrosamente, mis pulmones empezaban a llenarse con energía, podía comer, podía beber, podía moverme, podía sonreir. Los últimos días de mi estancia en reanimación SOÑABA con recuperarme y volver a casa para poder continuar con mi vida. El cariño que me daba mi familia y el personal sanitario me hacía sentirme optimista y con fuerzas para salir de allí. Cuando me pasaron a planta pude bajar a darle los biberones a Gael. Fueron unos días mezclados de alegría y tristeza. Alegría al saber que Gael había tomado leche materna todo el tiempo, de un banco de leche primero y de unas amigas después. Alegría por saber que su papá le había dado tanto amor sacándole de la incubadora para darle casi todos los biberones del día y colocándolo sobre su pecho, piel con piel, varias veces al día desde que nació. Tristeza porque apenas tenía fuerza para sostenerle unos minutos. Tristeza porque me sentía inútil, cualquiera parecía cuidarle mejor que yo. Los médicos no me animaban a dar el pecho, unos porque después de las pastillas creían que no podría, otros porque creían que no debía, que tenía que recuperarme. Veía la cara de entre incertidumbre y lástima con la que me miraban. Yo callaba, sabía que podría. La pediatra de Gael me animó muchísimo y me dijo “las pastillas para inhibir la producción de leche son muy efectivas pero no hay nada que pueda con la voluntad de una madre” ¡Tenía tanta razón!, entonces supe que tendría una ayuda y un apoyo inestimable. Mi formación como asesora de lactancia me permitía conocer la teoría, cómo se podía relactar, pero la práctica era otra cosa. Sabía que mi único enemigo, como para todo en la vida, era el miedo, y mi fuerza, la firme determinación de que íbamos a recuperar lo perdido. Siempre conseguimos lo que queremos, sea lo que sea, solo hay que SOÑAR con ello, SOÑAR de día y de noche hasta que se ilumine ese SUEÑO.

EL TIEMPO EN CASA.
Al llegar a casa sentí que no había TIEMPO que perder. Probé con un sacaleches, nada, ni gota, ni ese día ni el siguiente, ni los días posteriores. Gael llegó a casa veinte días después de nacer y, nerviosa y expectante, lo puse al pecho. Se cogía con fuerza, solo hacía falta conseguir que fluyera la leche. Seguí estimulándome con el sacaleches 4 ó 5 veces al día: primero comenzó a salir una leche espesa y anaranjada, seguramente la que se había producido antes de tomarme las pastillas que se había quedado almacenada. Mientras, Gael se alimentaba en biberón de sus mamás de leche. A los pocos días construimos un relactador con un biberón y una sonda nasogástrica. Así conseguía tomarse media toma, la mejor de las veces, la otra media con el biberón. Era más complicado de lo que parecía. La sonda le daba arcadas si no estaba bien puesta, o no le salía leche, o le salía demasiada. Costaba casi una hora darle 40 ó 50 ml. A veces parecía que no avanzábamos, o incluso que íbamos hacia atrás. Un día no chupaba del relactador, otro no se cogía bien, y las tomas eran eternas. Su papá siempre me mostraba el lado positivo y yo dejaba que me lo enseñara. Cerraba los ojos y nos imaginaba tumbados, tranquilos, yo amamantándole feliz, él casi dormido, moviendo su mandíbula lentamente, a ratos. Soñaba con el calor entre su barriga y la mía…
Los días pasaban y supe convertir el cariño y atención de los que me rodeaban en descanso y esfuerzos para lactar. El TIEMPO se pasaba entre las largas tomas de Gael, la estimulación con el sacaleches y el resto de cuidados; no hacía nada más en todo el día y era mucho, todavía estaba muy débil.

LA LECHE FLUYE BLANCA POR FIN
Hay cosas que no se aprenden en un libro (…)
Felizmente, aquí hay un maestro.
Como siempre.
Todo está siempre “aquí”. Al alcance de la mano. Si se sabe verlo.
Ese maestro –una vez más- es el bebé.
Es él quien va a enseñarle, a instruirla.
Con la única condición de que usted sea modesta.
Y suficientemente simple, suficientemente abierta para seguirlo.
                                           (Frédérick Leboyer)

Algo más de un mes después de su nacimiento un hilito fino de leche blanca desliza del sacaleches al biberón. Fue suficiente para avivar nuestra ilusión. ¡Era tan poca! Pero aún así la poníamos en el relactador. Cada día había un poquito más, y según crecía la cantidad crecía mi apego al bebé. Quería tenerlo tan cerca de mí como fuera posible. Un par de semanas después comenzamos a pensar en dejar el relactador, pero Gael aún era tan pequeño…, ¿tendría bastante alimento? Dudábamos. Fuimos a hablar con la pediatra que lo cuidó al nacer. Nos miró y con la sublime seguridad de los que no tienen miedo, nos dijo que lo habíamos conseguido. Me sentí más ligera, más radiante, más libre.
Al llegar a casa guardamos todos los biberones, las sondas y lo puse al pecho. El cambio fue espectacular, en mí y en el bebe. Él, más activo, por fin lloraba para llamarme, más feliz, y empezó a engordar espectacularmente. Yo, con más fuerza, y ya irreversiblemente vinculada a él. Ahora sí sabía cuidarle, sí sabía amarle. Ese camino de esfuerzo, de dolor, de emociones, de ilusión que es el parto te une para siempre con tu bebé, para que lo puedas querer y cuidar. Cada contracción te permite perder la razón y hacer aflorar el instinto, la pasión. Para nosotros todo eso fue la lactancia que no se nos dio sino que tuvimos que recorrer un largo camino para conseguirla.
Nos queda el reto de aprender tantas cosas, de crecer, de iluminar por todo lo que hemos recibido. El reto de vivir con pasión cada instante.

No hubiéramos podido sin las mamás de la leche regalada, gracias.

No hubiéramos podido sin la iaia que se ocupó de la casa, gracias.

No hubiéramos podido sin los amigos que nos dieron ánimos, gracias.

No hubiéramos podido sin la pediatra que nos quitó el miedo, gracias.

No hubiéramos podido sin la alegría de su hermana que hace imposible no sonreír, gracias.

No hubiéramos podido sin el papá que nos dio amor, cariño, y nos sostuvo cuando los ánimos faltaban, gracias.

Gracias a Gael, la primera vez que nos vimos me dio a beber su intensa luz e hizo que sanara.

Elena Carrió – Diciembre 2007

jueves, 1 de abril de 2010

Bienvenida Irene.

Hoy estoy feliz, muy feliz porque me he vuelto a enamorar. Ella se llama Irene y tengo la suerte de poder ser su tía.
Acabo de contemplar la  obra de arte más maravillosa que nos puede ofrecer la vida: un recién nacido, un ser lleno de luz, ese ser que abriendo los ojos grandes como la luna de esta noche, parecía querer decir : ya estoy aquí. Creo que no hay nada en el mundo capaz de provocar un sentimiento mayor de ternura y amor que la imagen de un nuevo ser.
Ver el cuerpo de una personita acabada de nacer es como ver la vida misma. Es un momento único, especial y maravilloso que nos hace agradecerle a la vida todo lo que nos regala.
Con Irene en el pecho he visto a su madre, esa gran mujer que le ha dado amor, calor, seguridad, protección y alimento  durante las 41 semanas que ha durado el embarazo.
Ella también desprendía luz, la luz que sólo las Diosas acabadas de parir desprenden, la imagen de la madre recién nacida.
Y protegiendo este entorno mi hermano, mi hermanito pequeño, "el niño" que también acaba de nacer como padre.


Hoy hago balance de como ha sido nuestra relación, la relación de hermanos, y definitivamente la considero muy especial.
Debido a la diferencia de edad, durante mucho tiempo fue para mí mi muñeco, aquel niño al que cuidaba como si fuera mío. Siempre fui capaz de acompañarlo en todas las etapas por las que iba pasando. “Jugaba” a vestirlo, a cambiarle pañales, a cuidarlo y a ofrecerle todo mi cariño. Esto fue un gran entrenamiento de vida, tuve la suerte de poder estar en contacto con la maternidad y la crianza desde mi más tierna infancia. Por eso creo que siempre he sido un poco Doula , y también creo que la historia se repite porque mi hija sigue mis pasos.
Así que hoy es un día especial, aquel niño al que tanto he querido y al que tanto he cuidado, ha dado  el gran salto y ha emprendido, junto con su pareja, el camino de la paternidad. Estoy convencida de que ambos serán  unos fantásticos padres, porque ambos son  maravillosas personas.
¡Os quiero mucho!
¡Bienvenida a la vida Irene!

miércoles, 17 de marzo de 2010

Lactacia con gemelos, la historia de Laia.

Hace unos meses acudió al grupo de lactancia de Sant Feliu una mujer embarazada, joven y de aspecto jovial que nos explicó que venía a conocernos por sugerencia de su hermana. Estaba embarazada de gemelos, un niño y una niña. Nos explicó su idea de dar de mamar a sus hijos y compartimos con ella nuestra alegría por la noticia.

Después de unos meses Laia, se ha vuelto a poner en contacto con nosotras para explicarnos su historia, una historia que no ha sido fácil y que demuestra una vez más la importancia del conocimiento, del apoyo, y del amor incondicional.

Afortunadamente, Laia ha encontrado en su entorno personas que la han guiado y la han acompañado en momentos donde las circunstancias no han sido fáciles.

Existen grupos expertos en lactancias en múltiples como Multilacta , o como Alba lactancia Materna  , dónde madres que han vivido la experiencia de amamantar a dos o más hijos de forma simultánea, pueden acompañar mejor que nadie a las que recién se estrenan en este apasionante mundo.

Este es el relato escrito por Laia en el blog de Alba Lactancia Materna y publicado el 10/03/10


El 14 de Enero 2010 tuve a mis gemelitos de manera prematura a las 31 semanas. Ireney Erik nacieron finalmente como menos deseaba y apenas tenía pensado...: una cesárea inesperada.


La tarde anterior me encontraba estupenda, había ido a clase de piscina para embarazadas, incluso había recibido una hora de Shiatsu esa misma mañana, pero de madrugada Irene decidió romper su bolsa y salir.


Nacieron en el hospital Sant Joan de Déu (Barcelona) a las 11:02h, la niña pesó 1.335 kg y el niño 1.705 kg.


El nacimiento de mis bebés fue un susto terrible, no nos dio tiempo a mi marido y a mí hacernos la idea. Fue muy duro para los dos desear durante todo el embarazo un parto digno y natural y saber y defender lo importante que era respetar el vínculo y que no nos separaran tras nacer y luego salió todo al revés…


Ya que el parto no pudo ser como deseábamos, puse toda mi energía en salir adelante con la lactancia, sabiendo que iba a recibir toda la ayuda del mundo, pues eran tantas veces las que había escuchado hablar de ello a mis 2 hermanas comadronas...


Gracias a la experiencia e insistencias continuas de Inma Marcos (mami de 4 hijos, comadrona y asesora de lactancia materna... y además mi hermana mayor) a mi marido Bernat y a mi familia, más un esfuerzo enorme continuo para lograrlo lo he conseguido!!
Mis bebés han estado ingresados 1 mes y medio en Neonatología, en incubadoras y cunas y no han recibido ni una gota de leche artificial. Desde las tres horas posteriores al nacimiento empecé a estimular mis pechos, y a las 12 horas conseguí extraerme ya un centímetro y medio de calostro!


Me sacaba leche con un extractor doble con frecuencia mientras ellos no podían todavía mamar. Los primeros días estuvieron muy enfermos, no respiraban bien por si mismos, tenían un ductus o problema en el corazón debido a su prematuridad extrema y no se les podía coger aún en método madre canguro. Les daban mi leche por sonda nasogástrica.


Lo peor para mí era la terrible separación de mis hijos, y el tener que irme a dormir a casa cada noche dejándolos allí. Podíamos acceder a ellos las 24h, pasábamos allí alrededor de las 12 h diarias. Mis hermanas me han apoyado tanto que he conseguido darles solo leche materna. Las primeras noches en casa con ellos han sido MUY duras les hemos dado algún biberón de mi leche extraída.


Sacarme leche y el peligro de que baje la producción es algo que por fin no me preocupa: Es tema olvidado! Los dos maman directamente del pecho, ganan mucho peso y no necesito ya utilizar el extractor.


Realmente ha sido difícil y hubiera sido menos angustioso para mí si algunas de las enfermeras y médicos del hospital hubieran comprendido mi ansia por no darles otra cosa que no fuera mi leche. No tenían ni idea de los motivos que llevan a una madre a defender de tal manera la lactancia y la importancia de no separarnos.


Algo que nos disgustó especialmente fue la respuesta negativa a que juntaran a los dos hermanos en una sola cuna al menos por las noches cuando nosotros los papis no estábamos, ya que cabían de sobras y seguro que se hubieran sentido más acompañados.


Nuestra insistencia en cogerlos continuamente en método madre canguro y probar a amamantarlos a cada momento, a ojos de alguna de las enfermeras le parecía que yo era una pesada y molestaba a mis bebés por tanto cogerlos, aunque para mí era algo esencial y necesario. Todo mi empeño era reducir y evitar en lo posible el trauma del nacimiento y la separación a mis queridos bebés. Ninguna de las madres que tenía gemelos como yo en neonatología daba el pecho, al menos en modo exclusivo, y me miraban raro por mi empeño. Muchos comentarios eran de: “¿Cómo? si no vas a poder… es muy duro, mejor para ti si les das biberón también ya que no tendrás suficiente leche para los dos…, etc “


Pero, entre mucho cansancio y lágrimas de una madre que sólo desea tener a sus dos bebés entre sus brazos las 24 horas del día, hemos sobrevivido a este interminable período del ingreso en hospital y ahora que estamos los 4 en casa es maravilloso estar juntos y con lactancia materna cuando ellos quieren, aunque me tenga que estar 1 hora y media seguida sentada sin moverme que es lo que llegan a pasar los dos mamando de mis pechos a la vez en posiciones como las de las fotos que podéis ver, y las noches son muy duras pero vale la pena pasarlo por ellos, ya que mis hijos son mis dos amores y se que así les ayudo a crear y seguir con ese vínculo tan necesario y maravilloso que casi perdemos por los dichosos protocolos del hospital…


Yo sigo y seguiré esforzándome día a día para dar a mis bebés mellizos lactancia materna en exclusiva…


Ánimo a las demás mamis que todo es posible!! si yo puedo con dos bebés vosotras también!


Un abrazo de los 3 para todos,


Laia Marcos.