Mostrando entradas con la etiqueta Relactación. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Relactación. Mostrar todas las entradas

viernes, 15 de octubre de 2010

La historia de Louise y su nieta Micheline

A través de mi gran amiga Lola de Vía Láctea, me llega esta historia, llena de esperanza y de amor que viene a corroborar que la lactancia casi siempre es posible, incluso a través de la relactación.

Dicen los libros de Medicina…

05 Octubre 2010
Por Óscar Sánchez-Rey (República Centroafricana, MSF)
La historia de Louise y de su pequeña nieta, Micheline, no es una historia ni más excepcional ni más difícil que el resto de historias de los muchos pacientes que a diario vemos en los centros donde trabajamos. Pero es la historia personal, y por tanto única, de dos personas. Una pequeña paciente de apenas tres meses de vida, que nunca tendrá recuerdos de estos días, y de su abuela, que seguro que no olvidará su paso por nuestro centro nutricional de Boda.

Micheline es una paciente con una situación un tanto atípica entre los pacientes desnutridos. De hecho, técnicamente, ella no está desnutrida. Forma parte de los pacientes menores de seis meses que debe recibir un tratamiento especial e intensivo. A Micheline hay que buscarle una forma de alimentación adecuada para su edad y sostenible para al menos los próximos seis meses. La leche materna no está disponible, y los médicos de nuestro centro están usando una técnica para devolver la leche a su abuela, que hace más de 30 años que no amamanta.
Dicen los libros de Medicina que mediante la estimulación del seno se produce la hormona responsable de regular el flujo lácteo, y que es posible que una mujer que alguna vez haya dado el pecho lo vuelva a dar sin necesidad de estar embarazada. En Boda es la primera vez que veo el caso real en el terreno. Aproveché para hablar con Louise y que me contara la historia de cómo llegó a nuestro CNI, el centro nutricional intensivo.
La mamá biológica de Micheline está enferma y no puede hacerse cargo de la niña. El padre despareció. Abuela, madre y ahora nieta viven juntas en la misma casa. Son agricultoras y subsisten con lo poco que les da la cosecha. Ellas son de Bossui, un pueblo al que vamos una vez cada dos semanas con nuestro centro nutricional ambulatorio.
Louise sabía que la única posibilidad de ayudar a su nieta era caminar los 30 kilómetros de distancia entre Bossui y Boda para llegar al hospital. Tardo toda una jornada en recorrerlos. No fue fácil porque, en plena época de lluvias, los aguaceros no dan tregua.
Louise me contó que la técnica de succión consiste en administrarle leche a la niña por una pequeña sonda pegada a su seno. Con la succión que realiza para beber la leche artificial, la niña estimula el pecho y, al cabo de varias semanas, la leche comienza a subir. Me dijo Louise que la última vez que dio de mamar fue en 1972, cuando nació su única hija. Y que, aunque la cosa parecía un poco rara, ella creyó en todo momento a los doctores. “Si ellos decían que podría volver a dar el pecho, sería verdad”. Está bien en el centro y no tiene prisa por irse, la prioridad es la pequeña. “Me iré cuando me den el alta los médicos, no antes”, me dijo con gran confianza en sí misma.
Hablé con Louise hace algunas semanas. Pensé que tal vez estaba bien dejar pasar un tiempo para ver cómo había ido todo. Mes y medio después, la niña está fuerte y sana. Los médicos han comenzado a retirar progresivamente la leche artificial, porque Louise ya tiene buena capacidad para dar de mamar a su nieta. Hemos encontrado una manera sostenible, segura y barata de alimentar a la bebé durante al menos su primer año de vida.
Seguro que, a lo largo de su vida, Micheline tendrá que enfrentarse a muchas más dificultades, pero la primera batalla ya está ganada.
Desde Boda,
Óscar
Foto: Louise y Micheline en el centro nutricional (© Óscar Sánchez-Rey)

Fuente: 20 minutos.es

martes, 20 de abril de 2010

La historia de Elena y Gael, la historia de una relactación.

Hace mucho tiempo, una mujer se puso en contacto conmigo para que la ayudara a difundir su historia. Hoy esta historia la rescato de SINA: Asociacion de apoyo a la lactancia materna y crianza consciente de Valencia, para ayudar a que se cumpla el deseo de Elena, y su historia sirva a otras mujeres que puedan estar pasando por la misma situación.

Elena ingresó en la Fe embarazada de 31 semanas, muy enferma. Tuvieron que hacerle una cesárea de urgencia. Gael pasó a la sección de prematuros de la Fe y ella entró en coma. Recibió un medicamento para “cortar la leche”. El primer contacto entre los dos tardó más de 2 semanas. Cualquiera lo hubiera dado todo por perdido.
Pero, dos meses después, Gael se alimentaba sólo del pecho de su feliz madre. ¿Increíble? Una prueba más de lo único que hace falta para dar el pecho: información, apoyo y voluntad. A veces, mucha voluntad, ¿verdad Elena?
Ella misma nos cuenta su historia…

La intención de este relato es ayudar con experiencia a otras madres que tengan miedo, que no encuentren fuerzas. Muchos me han recomendado olvidar, pero las cosas de la VIDA, de la MUERTE, no se pueden y no se deben olvidar, ya que en ellas están encerrados muchos secretos que se nos quieren desvelar.

Para GAEL, UNA HISTORIA DE LA VIDA
Te miras en mis pupilas,
ríes,
te ríes con mi sonrisa.
Ya no sé mucho más sobre la VIDA …
Lloras mis lágrimas y gritas mis heridas.
respiras,
respiras y siento tu aliento dulce en mi mejilla.
Ya no sé mucho más sobre la VIDA …
Danzas cuando mis manos te adivinan
brillas,
brillas y mi cuerpo se ilumina.
Ya no sé mucho más sobre la VIDA …
Bebes de mi leche, de mi luz, de mi alegría,
bebes,
oigo la música de tu sangre que me da la VIDA
Me has elegido para cuidarte,
para enseñarme,
nuestras luces se han quedado,
se han buscado,
para fundirse, para mezclarse.
Ya no sé mucho más sobre la VIDA …
Te has ganado tu alma, tu vida …
…y las mías
llegaste con una fuerza grande,
olvidaste el MIEDO para LIBERARTE
Si supiera algo más…

Me sentía feliz en mi segundo embarazo, esperando con alegría a que llegara el nacimiento, imaginando un parto no menos fácil que el primero, no menos perfecto. Pero mi camino no iba hacia ese fin y a las 31 semanas de embarazo empecé a encontrarme mal, solo en cuestión de horas estaba ingresada en el Hospital La Fe de Valencia. Cuando vi alejarse en el coche a mi hija de dos años sentí que quizá no volvería a verla más. Tenía miedo.

LA NADA EN REANIMACIÓN
Recuerdo poco más hasta que me desperté, después de varios días, sola, sin hambre, sin frío, sin sed, sin ropa, sin NADA. Me rodeaban equipos y monitores llenos de luces, 7 u 8 goteros, una mascarilla… Miré mi barriga y no lograba recordar si había estado embarazada o no. Mi cuerpo no parecía el mío, no sentía ningún dolor, no podía moverme. Me creí muerta, ¿qué otra cosa podía ser si no comía, si no bebía, si no me movía, si no sentía? Esperé a fundirme con el universo, no tenía miedo, pero pasaban las horas y no ocurría NADA, seguía sola, sin saber NADA. Fueron los días más largos de mi vida, más aterradores, más confusos, los momentos de lucidez se mezclaban con los de auténtica locura, no sentía NADA, y nunca, nunca sucedía NADA. Mi único quehacer era mirar una foto de mi hija Carla y otra de un bebe que decían que era mío. Mi única ilusión, que se volviera a abrir la ventana por la que veía a mis padres, que volviera a entrar mi marido a cogerme la mano. Con gran determinación, de cuando en cuando, me quitaba la mascarilla, el saturador e intentaba marcharme para cuidar a mi hija, pero no podía moverme… Mis “carceleros” me volvían a “encadenar” y me explicaban con una paciencia, que hoy comprendo infinita, la fragilidad de mi salud. No entendía NADA.

LA LACTANCIA TAN SOÑADA
Un día, no sé si nublado, no sé a que hora, me dieron unas pastillas para inhibir la producción de leche. Primero me negué a tomarlas, si era verdad que tenía un bebé ¿cómo podría cuidarlo sin leche? Tras explicarme la gravedad de mi estado me las tomé y me vendaron el pecho, las lágrimas más espesas que había tenido en mi vida mojaron mi cara y mi cuello hasta la almohada, era verdad, ¡había tenido un hijo! Entonces…, me quitaban el regalo más precioso que podía darle, pero ¡lo recuperaría! No me cabía ninguna duda.
Un día me trajeron un bebé perfecto y tremendamente chiquitín envuelto en una toalla, Gael. Lo cogí. No sentí que fuese mío, no podía ser de otra forma, ni mi cuerpo ni mi mente parecían tampoco ser míos. Cuando se alejó en brazos de una enfermera una fuerza arrebatadora nació de pronto de mi interior y me llenó de una sola idea: recuperar mi mente, recuperar mi cuerpo, sólo eso me permitiría salir de allí y hacerme cargo de ese débil y fuerte bebé que me necesitaba. Me perturbaba la idea de no sentir ese apego tan intenso que se supone sentimos todas las madres hacía nuestros bebés, ¡eso también lo recuperaría! Busqué en mis recuerdos lo que sentí en mi primer parto, al abrazar y amamantar a mi primera hija y con ellos construí mi vínculo, que aún no podía sentir, con Gael. SOÑANDO, imaginando el amor perfecto hacía mi hijo pude saber que tenía que hacer exactamente.
Empecé a mejorar, mis riñones se recuperaban milagrosamente, mis pulmones empezaban a llenarse con energía, podía comer, podía beber, podía moverme, podía sonreir. Los últimos días de mi estancia en reanimación SOÑABA con recuperarme y volver a casa para poder continuar con mi vida. El cariño que me daba mi familia y el personal sanitario me hacía sentirme optimista y con fuerzas para salir de allí. Cuando me pasaron a planta pude bajar a darle los biberones a Gael. Fueron unos días mezclados de alegría y tristeza. Alegría al saber que Gael había tomado leche materna todo el tiempo, de un banco de leche primero y de unas amigas después. Alegría por saber que su papá le había dado tanto amor sacándole de la incubadora para darle casi todos los biberones del día y colocándolo sobre su pecho, piel con piel, varias veces al día desde que nació. Tristeza porque apenas tenía fuerza para sostenerle unos minutos. Tristeza porque me sentía inútil, cualquiera parecía cuidarle mejor que yo. Los médicos no me animaban a dar el pecho, unos porque después de las pastillas creían que no podría, otros porque creían que no debía, que tenía que recuperarme. Veía la cara de entre incertidumbre y lástima con la que me miraban. Yo callaba, sabía que podría. La pediatra de Gael me animó muchísimo y me dijo “las pastillas para inhibir la producción de leche son muy efectivas pero no hay nada que pueda con la voluntad de una madre” ¡Tenía tanta razón!, entonces supe que tendría una ayuda y un apoyo inestimable. Mi formación como asesora de lactancia me permitía conocer la teoría, cómo se podía relactar, pero la práctica era otra cosa. Sabía que mi único enemigo, como para todo en la vida, era el miedo, y mi fuerza, la firme determinación de que íbamos a recuperar lo perdido. Siempre conseguimos lo que queremos, sea lo que sea, solo hay que SOÑAR con ello, SOÑAR de día y de noche hasta que se ilumine ese SUEÑO.

EL TIEMPO EN CASA.
Al llegar a casa sentí que no había TIEMPO que perder. Probé con un sacaleches, nada, ni gota, ni ese día ni el siguiente, ni los días posteriores. Gael llegó a casa veinte días después de nacer y, nerviosa y expectante, lo puse al pecho. Se cogía con fuerza, solo hacía falta conseguir que fluyera la leche. Seguí estimulándome con el sacaleches 4 ó 5 veces al día: primero comenzó a salir una leche espesa y anaranjada, seguramente la que se había producido antes de tomarme las pastillas que se había quedado almacenada. Mientras, Gael se alimentaba en biberón de sus mamás de leche. A los pocos días construimos un relactador con un biberón y una sonda nasogástrica. Así conseguía tomarse media toma, la mejor de las veces, la otra media con el biberón. Era más complicado de lo que parecía. La sonda le daba arcadas si no estaba bien puesta, o no le salía leche, o le salía demasiada. Costaba casi una hora darle 40 ó 50 ml. A veces parecía que no avanzábamos, o incluso que íbamos hacia atrás. Un día no chupaba del relactador, otro no se cogía bien, y las tomas eran eternas. Su papá siempre me mostraba el lado positivo y yo dejaba que me lo enseñara. Cerraba los ojos y nos imaginaba tumbados, tranquilos, yo amamantándole feliz, él casi dormido, moviendo su mandíbula lentamente, a ratos. Soñaba con el calor entre su barriga y la mía…
Los días pasaban y supe convertir el cariño y atención de los que me rodeaban en descanso y esfuerzos para lactar. El TIEMPO se pasaba entre las largas tomas de Gael, la estimulación con el sacaleches y el resto de cuidados; no hacía nada más en todo el día y era mucho, todavía estaba muy débil.

LA LECHE FLUYE BLANCA POR FIN
Hay cosas que no se aprenden en un libro (…)
Felizmente, aquí hay un maestro.
Como siempre.
Todo está siempre “aquí”. Al alcance de la mano. Si se sabe verlo.
Ese maestro –una vez más- es el bebé.
Es él quien va a enseñarle, a instruirla.
Con la única condición de que usted sea modesta.
Y suficientemente simple, suficientemente abierta para seguirlo.
                                           (Frédérick Leboyer)

Algo más de un mes después de su nacimiento un hilito fino de leche blanca desliza del sacaleches al biberón. Fue suficiente para avivar nuestra ilusión. ¡Era tan poca! Pero aún así la poníamos en el relactador. Cada día había un poquito más, y según crecía la cantidad crecía mi apego al bebé. Quería tenerlo tan cerca de mí como fuera posible. Un par de semanas después comenzamos a pensar en dejar el relactador, pero Gael aún era tan pequeño…, ¿tendría bastante alimento? Dudábamos. Fuimos a hablar con la pediatra que lo cuidó al nacer. Nos miró y con la sublime seguridad de los que no tienen miedo, nos dijo que lo habíamos conseguido. Me sentí más ligera, más radiante, más libre.
Al llegar a casa guardamos todos los biberones, las sondas y lo puse al pecho. El cambio fue espectacular, en mí y en el bebe. Él, más activo, por fin lloraba para llamarme, más feliz, y empezó a engordar espectacularmente. Yo, con más fuerza, y ya irreversiblemente vinculada a él. Ahora sí sabía cuidarle, sí sabía amarle. Ese camino de esfuerzo, de dolor, de emociones, de ilusión que es el parto te une para siempre con tu bebé, para que lo puedas querer y cuidar. Cada contracción te permite perder la razón y hacer aflorar el instinto, la pasión. Para nosotros todo eso fue la lactancia que no se nos dio sino que tuvimos que recorrer un largo camino para conseguirla.
Nos queda el reto de aprender tantas cosas, de crecer, de iluminar por todo lo que hemos recibido. El reto de vivir con pasión cada instante.

No hubiéramos podido sin las mamás de la leche regalada, gracias.

No hubiéramos podido sin la iaia que se ocupó de la casa, gracias.

No hubiéramos podido sin los amigos que nos dieron ánimos, gracias.

No hubiéramos podido sin la pediatra que nos quitó el miedo, gracias.

No hubiéramos podido sin la alegría de su hermana que hace imposible no sonreír, gracias.

No hubiéramos podido sin el papá que nos dio amor, cariño, y nos sostuvo cuando los ánimos faltaban, gracias.

Gracias a Gael, la primera vez que nos vimos me dio a beber su intensa luz e hizo que sanara.

Elena Carrió – Diciembre 2007